El aguador, llamado guerrab (o guerrba) en Marruecos, es esa silueta escarlata imposible de pasar por alto en la plaza Yamaa el-Fna: un hombre envuelto en rojo vivo, tocado con un ancho sombrero de pompones multicolores, cargado con un odre de piel de cabra y tintineando con los vasos de cobre colgados de su pecho. Agita una campanilla, sonríe, posa ante el objetivo. Es una de las imágenes más reproducidas del folclore marroquí, una auténtica postal viviente de Marrakech.
Pero tras el traje llamativo se esconde un oficio antaño vital. Durante siglos, antes del agua corriente, el guerrab sació la sed de los transeúntes, de los comerciantes de los zocos y de los habitantes, transportando el agua de los pozos en su odre y sirviéndola fresca en sus copas de metal. Hoy, su función ha cambiado por completo: ya casi no vende agua, vende su imagen. Se ha convertido en un guardián de la memoria, un símbolo que se fotografía a cambio de unos dírhams.
Esta guía cuenta la historia del guerrab, descifra cada pieza de su legendario traje, explica su papel de ayer y de hoy, y te dice cómo fotografiarlo correctamente, con respeto hacia el hombre y hacia la tradición.

¿Qué es un guerrab, el aguador de Marruecos?
El guerrab es un porteador y vendedor de agua ambulante, figura tradicional de las ciudades marroquíes y, en particular, de Marrakech. La palabra procede del árabe guerba (o guirba), que designa su odre de piel: el hombre es, literalmente, «el del odre». También se le llama porteador de agua, una profesión que se encuentra, bajo otras formas, en numerosas culturas antiguas del entorno mediterráneo y del mundo árabe.
Su misión original era sencilla y esencial: llevar agua potable y fresca allí donde no la había con facilidad. En una ciudad calurosa como Marrakech, donde el agua corriente llegó tarde, el guerrab era un eslabón indispensable de la vida cotidiana. Sacaba el agua, la transportaba a sus espaldas y la distribuía a lo largo de sus recorridos por las callejuelas y las plazas.
Una historia antigua: del servicio vital al icono turístico
El oficio de porteador de agua es muy antiguo en Marruecos. Durante generaciones, el guerrab ha recorrido los zocos y las plazas aportando su energía, su buen humor y su agua refrescante para el bienestar de transeúntes y comerciantes. Era uno de los pilares de la vida urbana: sin él, no había agua fácilmente accesible en el corazón de la medina.
Todo cambió con la llegada del agua corriente y luego del agua embotellada. Las costumbres cambiaron: ya no se dependía de un hombre y su odre para beber. Poco a poco, la función utilitaria del guerrab desapareció. El oficio podría haberse extinguido por completo… pero se reinventó.
De servicio público indispensable, el guerrab pasó a ser un personaje del patrimonio vivo. En Yamaa el-Fna forma hoy parte del decorado, igual que los cuentacuentos, los músicos y los acróbatas que dan riqueza a la plaza. Esta plaza, inscrita por la UNESCO en el patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, debe parte de su alma a estas figuras tradicionales que perpetúan gestos de otra época. Para comprender cómo este lugar único ha atravesado los siglos, nuestra historia de Yamaa el-Fna devuelve al guerrab al gran relato de la plaza.
El traje rojo: descifrando una indumentaria legendaria
Si el guerrab es tan fotografiado, es ante todo gracias a su traje rojo, uno de los más espectaculares del folclore marroquí. Nada se deja al azar: cada elemento tiene una función, práctica o simbólica.
- La indumentaria rojo vivo: el color, deslumbrante, se distingue desde muy lejos entre la multitud y los puestos. Simboliza la vitalidad y hacía al guerrab inmediatamente identificable para quien tuviera sed. Es lo que lo convirtió en un icono visual.
- El gran sombrero (la tarazza): un tocado ancho y colorido, a menudo adornado con pompones y flecos multicolores. Protege del sol y corona la silueta con un toque festivo.
- El odre de piel (la guerba): el corazón del oficio. Se trata de una piel de cabra o de macho cabrío cosida e impermeabilizada, que se lleva en bandolera, en la que el agua se conserva fresca. Suele estar decorada con antiguas monedas y campanillas.
- Los vasos de cobre (o de latón): colgados en racimo sobre el pecho, estas copas de metal brillante servían para dar de beber a los clientes. Su tintineo forma parte del anuncio sonoro del guerrab.
- La campanilla: el guerrab la hace sonar para señalar su paso. Antaño, ese sonido anunciaba «llega el agua»; hoy, atrae la vista y el oído del visitante.

El conjunto —el rojo, el sombrero, el odre lastrado de monedas, los vasos que se entrechocan— compone una figura teatral, sonora y colorida, perfectamente adaptada a la atmósfera de espectáculo permanente que reina en la plaza.
El guerrab hoy: la foto antes que la sed
Hay que decirlo con claridad: hoy el guerrab ya no vive del agua que vende, sino de las fotos que le hacen. Con el agua embotellada disponible en todas partes y a bajo precio, casi nadie bebe ya de su odre. Su presencia en Yamaa el-Fna se ha vuelto ante todo cultural y turística.
En la práctica, los guerrabs pasan los días deambulando, haciendo sonar su campanilla y posando ante los objetivos de los visitantes, a cambio de unos dírhams. Esta reconversión les permite seguir presentes en el paisaje tradicional de la ciudad y mantener vivo, aunque sea de forma congelada, un oficio que de otro modo habría desaparecido.
Este vuelco plantea una pregunta agridulce: ¿es el guerrab todavía un aguador o una representación de aguador? Ambas cosas, sin duda. Encarna una memoria, un saber hacer indumentario y un arte de la presencia. Al fotografiarlo y remunerarlo, el visitante participa, a su manera, en la supervivencia de esta figura del folclore marroquí.
Cómo fotografiar a un aguador: las normas que hay que conocer
Es el punto más importante para todo viajero. En Yamaa el-Fna, fotografiar a un guerrab es de pago, y es perfectamente legítimo: es su sustento. Ignorar esta norma crea tensiones inútiles. Aquí tienes cómo hacer las cosas bien y marcharte con buenas imágenes y la conciencia tranquila.
- Acuerda el precio ANTES de disparar. No pulses nunca el botón sin haber aclarado la tarifa. Unos pocos dírhams (en torno a 10 a 20 MAD, a título orientativo) suelen bastar para una o dos fotos.
- Ten monedas pequeñas preparadas. Sacar un billete grande hace subir la petición y complica la transacción. Prepara tus monedas de antemano.
- Una sonrisa y un «salam» abren todas las puertas. El contacto humano, la cortesía y un poco de humor valen más que una foto robada. Los guerrabs están acostumbrados y se prestan de buena gana al juego.
- No «robes» la foto con el teleobjetivo. Creerse discreto es una ilusión: a menudo se detecta y se percibe muy mal. Es mejor pedirlo con franqueza.
- Respeta una negativa o una tarifa que consideres demasiado alta. Si el precio no te convence, declina con educación y sigue tu camino, sin insistir ni regatear de forma agresiva.

Para profundizar en los ajustes, los mejores momentos y la ética de la toma de imágenes, nuestro artículo dedicado a fotografiar Yamaa el-Fna reúne todos los consejos, del móvil a la réflex.
Un símbolo del folclore y del patrimonio marroquí
Más allá de la anécdota turística, el guerrab es un símbolo fuerte de la identidad marroquí. Aparece en incontables postales, carteles, sellos y anuncios, hasta el punto de convertirse en una imagen de referencia del Marruecos tradicional, junto al té a la menta y las alfombras. Su silueta roja dice por sí sola «Marrakech».
Encarna también un valor antiguo y precioso: el don del agua, gesto de hospitalidad por excelencia en una cultura donde ofrecer de beber es un acto de generosidad sagrado. El guerrab de antaño no era solo un comerciante: aportaba el frescor, el buen humor y el vínculo social en el corazón de la ciudad. La profesión de porteador de agua, con una larga historia, está por lo demás documentada en numerosas culturas, como recuerda el artículo de Wikipedia sobre el porteador de agua.
Cruzarse con un guerrab en Yamaa el-Fna es, por tanto, encontrarse con un puente entre dos mundos: aquel en el que el agua se llevaba a lomos de hombre y el nuestro, en el que brota del grifo. Un puente frágil, sostenido por unos cuantos hombres de rojo que, cada día, siguen haciendo tintinear su campanilla bajo el sol de Marrakech.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un guerrab en Marrakech?
El guerrab es el aguador tradicional marroquí, figura emblemática de la plaza Yamaa el-Fna. Vestido con un traje rojo vivo, tocado con un gran sombrero de pompones (la tarazza), portando un odre de piel de cabra y vasos de cobre, antaño saciaba la sed de los transeúntes. Hoy vive sobre todo de la fotografía turística. Su nombre procede del árabe guerba, el odre.
¿Por qué el aguador lleva un traje rojo?
El rojo vivo permitía distinguir al guerrab desde muy lejos entre la multitud de los zocos y de la plaza, cuando alguien tenía sed. El color simboliza también la vitalidad. Combinado con el gran sombrero colorido, el odre decorado con monedas y los vasos de metal brillante, hizo del guerrab una de las figuras más reconocibles y fotografiadas del folclore marroquí.
¿Hay que pagar para fotografiar a un guerrab?
Sí. En Yamaa el-Fna, fotografiar a un aguador es de pago, y es legítimo: es hoy su principal sustento. Acuerda siempre el precio antes de disparar (unos pocos dírhams, de 10 a 20 MAD a título orientativo, suelen bastar) y ten monedas pequeñas preparadas. No hagas nunca una foto a escondidas: se percibe mal y es fuente de tensiones.
¿Los guerrabs siguen vendiendo agua?
Muy poco. Con el agua corriente y el agua embotellada disponibles en todas partes, la función utilitaria del guerrab ha desaparecido casi por completo. Algunos aún sirven un vaso de vez en cuando, pero lo esencial de su actividad es ya cultural y turístico: perpetúan la tradición y posan para las fotos de los visitantes.
¿Qué contiene el odre del guerrab?
El odre, llamado guerba en árabe, es una piel de cabra o de macho cabrío cosida e impermeabilizada, que dio nombre al oficio. Sirve para conservar el agua fresca y se lleva en bandolera. Suele estar decorado con antiguas monedas y campanillas que tintinean al ritmo de los pasos del porteador.